David Copperfield

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–¡Sí, Daniel! ¡Puedo adivinarlo! –contestó la señora Gummidge–. Pero lo último que diré bajo este techo es que, si no me lleva, iré a morir al asilo. Puedo cavar la tierra, Daniel. Puedo trabajar. Puedo soportar una vida llena de privaciones. Puedo ser cariñosa y paciente… más de lo que cree, Daniel. ¡Si quisiera usted ponerme a prueba! No tocaría su asignación aunque me estuviera muriendo, Daniel Peggotty; pero, si me deja, ¡iré con usted y con Emily hasta el fin del mundo! Sé que piensa que me siento sola y desamparada, pero ¡ha dejado de ser verdad, querido amigo! Llevo aquí sentada demasiado tiempo, vigilando y pensando en sus desgracias, y he aprendido la lección. ¡Señorito Davy, háblele en mi nombre! Conozco sus costumbres y las de Emily, conozco sus penas, y podré servirles de consuelo de vez en cuando, y trabajar siempre para ellos. ¡Daniel, mi querido Daniel, déjeme ir con ustedes!

Y la señora Gummidge, con gran sencillez, le cogió la mano y se la besó, con emoción y cariño, en un impulso de devoción y de gratitud que él merecía.

Sacamos el pequeño baúl, apagamos la luz y echamos la llave, dejando la vieja gabarra cerrada a cal y canto, como una pequeña mota negra en medio de la noche tormentosa. Al día siguiente, cuando regresábamos a Londres en la parte exterior de la diligencia, la señora Gummidge y su cesta ocupaban el asiento trasero, y la señora Gummidge parecía radiante.


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