David Copperfield
David Copperfield Encontramos al señor Micawber delante de su mesa de trabajo, en el despacho circular de la planta baja, escribiendo, o fingiendo que escribÃa, con ahÃnco. Llevaba metida en el chaleco la enorme regla de la oficina, que sobresalÃa de su pecho más de un pie, como un nuevo tipo de chorrera.
Como me pareció que todos esperaban que yo empezara a hablar, exclamé en voz alta:
–¿Cómo está, señor Micawber?
–Señor Copperfield –respondió él gravemente–, espero que se encuentre bien.
–¿Está la señorita Wickfield en casa? –pregunté.
–El señor Wickfield se ha visto obligado a guardar cama, señor, por culpa de unas fiebres reumáticas –contestó–; pero estoy seguro de que la señorita Wickfield se alegrará de ver a sus viejos amigos. ¿Quieren seguirme, señor?
Nos condujo hasta el comedor –la primera estancia en la que yo habÃa entrado al llegar a aquella casa– y, abriendo de par en par la puerta del antiguo despacho del señor Wickfield, anunció con voz sonora:
–¡Señorita Trotwood, señor David Copperfield, señor Thomas Traddles y señor Dixon!