David Copperfield

David Copperfield

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Yo no había vuelto a ver a Uriah desde la noche de la bofetada. Evidentemente, nuestra visita le sorprendió; imagino que tanto como nos sorprendía a nosotros. No frunció las cejas, pues parecía carecer de ellas; pero arrugó el entrecejo hasta que sus diminutos ojos casi desaparecieron, mientras la cartilaginosa mano que llevó apresuradamente a su barbilla delataba cierta inquietud o asombro. Pero esto sólo fue así mientras entrábamos en la habitación y yo le miré por encima del hombro de mi tía. Un instante después se mostraba tan humilde y obsequioso como siempre.

–¡Qué inesperado placer! –exclamó–. ¡Recibir la visita de todos mis amigos de Saint-Paul al mismo tiempo! Señor Copperfield, espero que se encuentre usted bien y (si me permite expresar un humilde deseo) que su cariño por los que siempre serán sus amigos, lo quiera usted o no, continúe siendo el mismo. Espero que la señora Copperfield haya mejorado. Las malas noticias que hemos recibido últimamente sobre su estado de salud nos han tenido muy preocupados, se lo aseguro.

Me sentí avergonzado de permitirle que me cogiera la mano, pero ¿cómo iba a impedírselo?

–Las cosas han cambiado en este despacho, señorita Trotwood, desde los tiempos en que yo era un humilde empleado y sujetaba su poni, ¿no es cierto? –dijo Uriah, con una sonrisa sumamente forzada–. Pero yo no he cambiado, señorita Trotwood.


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