David Copperfield

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–En efecto, señor –respondió mi tía–, a decir verdad, creo que ha sabido ser fiel a lo que prometía de joven; tal vez le resulte grato oírlo.

–¡Gracias por su buena opinión, señorita Trotwood! –exclamó Uriah, con una de sus desgarbadas contorsiones–. Micawber, diga que avisen a la señorita Agnes… y a mi madre. ¡Mi madre se alegrará tanto de verlos! –añadió, colocando las sillas.

–¿No estaba usted ocupado, señor Heep? –preguntó Traddles, cuya mirada se había tropezado casualmente con aquellos ojos astutos y rojizos que, al mismo tiempo, nos escudriñaban y nos eludían.

–No, señor Traddles –repuso Uriah, volviendo a ocupar su sillón y apretando sus huesudas manos, con las palmas unidas, entre sus huesudas rodillas–. No tanto como quisiera. Pero ya sabe que no es fácil contentar a abogados, tiburones y sanguijuelas. Y no es que a mí y a Micawber nos falte trabajo por lo general, ya que apenas podemos contar con la ayuda del señor Wickfield. Pero le aseguro que es un placer, además de una obligación, trabajar para él. Usted no conoce mucho al señor Wickfield, ¿no es así, señor Traddles? Creo que yo sólo he tenido el honor de coincidir con usted en una ocasión.


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