David Copperfield

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Vi cómo la observaba Uriah mientras ella nos saludaba; y me recordó a un genio feo y maligno acechando a un espíritu bueno. Entretanto, el señor Micawber y Traddles intercambiaron una discreta seña; y, sin que nadie lo advirtiera excepto yo, Traddles salió de la estancia.

–Puede retirarse, Micawber –dijo Uriah.

El señor Micawber, con la mano en la regla que llevaba en el pecho, continuó erguido delante de la puerta, contemplando inequívocamente a uno de sus semejantes; y ese hombre era su jefe.

–¿A qué espera? –preguntó Uriah–. ¡Micawber! ¿No me ha oído decirle que puede retirarse?

–¡Sí! –contestó sin moverse el señor Micawber.

–Entonces, ¿por qué se queda? –insistió Uriah.

–Porque… en una palabra, me da la gana –estalló el señor Micawber.

Las mejillas de Uriah perdieron su color y adquirieron una palidez malsana, levemente teñidas aún del color rojizo que le caracterizaba. Miró atentamente al señor Micawber, y todas sus facciones pusieron de manifiesto su respiración breve y agitada.


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