David Copperfield

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Muy conmovido, pero disfrutando enormemente, el señor Micawber dobló la carta y se la entregó a mi tía con una reverencia, como si fuese algo que quizá a ella le agradara conservar.

Había una caja fuerte de hierro en la habitación, tal como me había percatado muchos años antes, al entrar por primera vez. La llave estaba en la cerradura. Una súbita sospecha pareció asaltar a Uriah; y, lanzando una mirada al señor Micawber, se dirigió hacia ella y abrió sus puertas con estrépito. Estaba vacía.

–¿Dónde están los libros? –gritó, con una expresión horrible en el rostro–. ¡Un ladrón ha robado los libros!

El señor Micawber se golpeó suavemente el pecho con la regla.

–He sido yo; esta mañana me dio usted la llave, un poco más temprano que de costumbre, y yo la abrí.

–No se preocupe, señor Heep –dijo Traddles–. Están en mis manos. Yo cuidaré de ellos, en virtud del poder que he mencionado antes.

–¿Admite usted documentos robados? –preguntó Uriah.

–En circunstancias como éstas, sí –respondió Traddles.


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