David Copperfield

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Cuál no sería mi asombro cuando vi a mi tía, que había estado profundamente callada y atenta, abalanzarse sobre Uriah Heep y agarrarle del cuello de la camisa con ambas manos.

–¿Sabe lo que quiero? –dijo.

–Una camisa de fuerza –contestó él.

–No. ¡Mi dinero! –exclamó mi tía–. Agnes, querida, mientras pensé que era tu padre quien lo había dilapidado, no dije una palabra a nadie… ni siquiera a Trot, como bien sabe… de que lo había depositado aquí como inversión. Pero ahora que sé que este individuo es el responsable, ¡quiero que me lo devuelva! Trot, ¡acércate y quítaselo!

No sé si mi tía imaginaba en aquel momento que Heep guardaba su fortuna en el pañuelo que llevaba atado al cuello; pero lo cierto es que tiraba de él como si lo creyera. Me apresuré a separarlos, y le aseguré a mi tía que nos encargaríamos de que le restituyera hasta el último penique robado. Estas palabras, y unos momentos de reflexión, la apaciguaron; pero no pareció desconcertarle en absoluto lo que acababa de hacer (aunque no puedo decir lo mismo de su sombrero) y volvió a su asiento con toda tranquilidad.


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