David Copperfield

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Al oír estas palabras, la señora Heep rompió nuevamente a llorar y se arrodilló ante Agnes para suplicarle que intercediera por ellos, exclamando que Uriah era muy humilde, y que todo era cierto, y que si él se negaba a hacer lo que nosotros queríamos, ella se comprometía a eso y a mucho más; pues estaba medio loca de preocupación por su adorado hijo. Preguntar qué habría sido capaz de hacer Uriah si hubiera tenido algo de valor equivaldría a preguntar qué sería capaz de hacer un perro callejero si tuviera la audacia de un tigre. Era un cobarde, de la cabeza a los pies; y su expresión de resentimiento y de mortificación puso de manifiesto, más que en cualquier otro momento de su vil existencia, la ruindad de su naturaleza.

–¡Espere! –me gritó, enjugándose el sudor de su acalorado rostro–. ¡Cállese de una vez, madre! ¡Está bien! Les daremos el acta. ¡Vaya a buscarla!

–¿Le importaría ayudarla, señor Dick? –dijo Traddles.

Orgulloso de esta misión, y consciente de su importancia, el señor Dick la acompañó del mismo modo que un perro pastor acompañaría a una oveja. Pero la señora Heep apenas le causó molestias; pues no sólo regresó con el acta, sino también con la caja donde se hallaba guardada, y en la que encontramos una libreta de depósitos y algunos otros documentos que luego nos resultaron de utilidad.


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