David Copperfield

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–O tan cierto como lo que nos enseñaban en la escuela (la misma escuela donde adquirí tanta humildad). Desde las nueve hasta las once nos decían que el trabajo era una maldición; y, desde las once hasta la una, que era una bendición, una alegría, un honor y no sé cuántas cosas más, ¿no es así? –exclamó con desdén–. Lo que ustedes predican es igual de consecuente. ¿No les gusta la humildad? Pues sin ella no creo que hubiera engatusado a mi distinguido socio. Micawber, viejo fanfarrón, ¡me las pagará!

El señor Micawber, manifestando un desprecio absoluto por él y por su dedo extendido, sacó pecho cuanto pudo hasta que Uriah salió de la habitación; luego se dirigió a mí y me brindó la satisfacción de ser testigo del restablecimiento de la confianza mutua entre él y la señora Micawber. Acto seguido, invitó a todos los presentes a contemplar un espectáculo conmovedor.

–El velo que durante tanto tiempo se ha interpuesto entre la señora Micawber y yo ha caído –dijo el señor Micawber–; y mis hijos y el autor de sus días pueden tratarse de nuevo en condiciones de igualdad.



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