David Copperfield

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Su casa no estaba lejos; como la puerta de entrada daba directamente a la sala y el señor Micawber entró con su precipitación habitual, nos encontramos de pronto en el seno de la familia. El señor Micawber exclamó: «¡Emma, vida mía!» y se arrojó en los brazos de su mujer. La señora Micawber dio un chillido y abrazó a su marido. La señorita Micawber, que atendía al inconsciente desconocido del que me había hablado la señora Micawber en su última carta, estaba visiblemente emocionada. El desconocido dio unos saltitos. Los mellizos mostraron su alegría con una serie de manifestaciones molestas, pero inocentes. El señorito Micawber, cuyo carácter parecía haberse agriado por tempranas decepciones, y cuyo aire era de lo más taciturno, cedió a sus mejores sentimientos y empezó a lloriquear.

–¡Emma! –exclamó el señor Micawber–. Las nubes de mi pensamiento se han desvanecido. La confianza mutua que durante tanto tiempo reinó entre nosotros se ha restablecido y no volverá a interrumpirse jamás. Y ahora, ¡bienvenida sea la pobreza! –gritó el señor Micawber, llorando–. ¡Bienvenidos sean la miseria, la falta de techo, el hambre, los harapos, las tempestades y la mendicidad! ¡La confianza mutua nos sostendrá hasta el fin!



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