David Copperfield
David Copperfield Con estas exclamaciones, el señor Micawber sentó a la señora Micawber en una silla y abrazó a sus hijos, dando la bienvenida a una serie de perspectivas desoladoras que, en mi opinión, a ellos no les parecieron nada agradables; y les propuso cantar a coro en las calles de Canterbury, como último recurso para sobrevivir.
Pero la señora Micawber, incapaz de resistir tantas emociones, se desmayó; y no hubo más remedio que hacerla volver en sí, incluso antes de constituir el coro. Mi tía y el señor Micawber se encargaron de eso; y luego le presentamos a mi tía y la señora Micawber me reconoció.
–Le ruego que me perdone, querido señor Copperfield –dijo la pobre dama, tendiéndome la mano–, pero no soy una mujer fuerte; ver deshecho el malentendido que existía entre el señor Micawber y yo ha sido demasiado.
–¿Son éstos todos sus hijos, señora? –inquirió mi tía.
–No tengo más, por el momento –contestó ella.
–¡Dios mío! No quería decir eso, señora –exclamó mi tía–. Lo que quería saber es si eran todos suyos.
–Señora –repuso el señor Micawber–, la acusación es fundada.