David Copperfield

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–Y el mayor de ellos, el joven caballero –dijo mi tía–, ¿para qué ha sido educado?

–Cuando vine aquí –respondió el señor Micawber–, abrigaba la esperanza de que Wilkins entrara en la Iglesia; o quizá sería más exacto decir en el Coro. Pero no había ninguna plaza vacante de tenor en el venerable edificio que constituye la gloria de esta ciudad; y… en una palabra, se ha acostumbrado a cantar en las tabernas, más que en los lugares sagrados.

–Pero sus intenciones son buenas –puntualizó la señora Micawber con ternura.

–No es que dude de sus buenas intenciones, mi amor –añadió su marido–; pero todavía no he visto que las ponga en práctica, en algún sentido.

El señorito Micawber recuperó su expresión huraña y preguntó, con cierto mal humor, qué debía hacer. ¿Había nacido carpintero, o pintor de carruajes, como podría haber nacido pájaro? ¿Podía abrir una farmacia en la calle vecina? ¿Podía irrumpir en la siguiente sesión de los tribunales y declararse abogado? ¿Podía debutar por la fuerza en la ópera y triunfar empleando la violencia? ¿Podía dedicarse a algo sin tener ninguna preparación?

Mi tía reflexionó un momento y luego dijo:

–Señor Micawber, me sorprende que nunca haya pensado en emigrar.


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