David Copperfield

David Copperfield

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–Señora –respondió él–, era el sueño de mi juventud, y la engañosa ambición de mi edad madura.

Estoy convencido, dicho sea de paso, de que jamás se le había pasado por la cabeza.

–¿De veras? –dijo mi tía, lanzándome una mirada–. ¿Y qué les parecería, señor y señora Micawber, emigrar ahora con su familia?

–El capital, señora, el capital –contestó el señor Micawber, con pesimismo.

–He ahí la principal, por no decir la única, dificultad, mi querido Copperfield –asintió su mujer.

–¿El capital? –exclamó mi tía–. Pero usted nos está prestando un gran servicio… mejor dicho, nos ha prestado ya un gran servicio; todos saldremos beneficiados de esto. ¿Acaso podríamos hacer algo mejor por ustedes que procurarles ese capital?

–Sería incapaz de aceptarlo como un regalo –afirmó el señor Micawber, todo acalorado y presa de la excitación–, pero si pudieran adelantarme una cantidad suficiente, digamos al cinco por ciento de interés anual, con mi garantía personal… es decir, con pagarés a doce, dieciocho y veinticuatro meses, respectivamente, para darme tiempo hasta que surja algo…


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