David Copperfield

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–Para un hombre trabajador y de buena conducta –repitió la señora Micawber, con su mejor aire de mujer de negocios–. ¡Precisamente! Es obvio que Australia es el campo de acción legítimo para el señor Micawber.

–Tengo el convencimiento, mi querida señora –dijo el señor Micawber–, de que en las actuales circunstancias es el país, el único país, para mí y para mi familia; y que algo verdaderamente extraordinario nos surgirá en aquellas costas. La distancia no es grande, hablando en términos relativos; y, aunque debemos reflexionar sobre su generosa proposición, le aseguro que no será sino mero formulismo.

¡Jamás olvidaré cómo en un instante el señor Micawber se convirtió en el más optimista de los hombres, imaginándose dueño de una fortuna, ni cómo la señora Micawber empezó a disertar sobre las costumbres del canguro! ¡Jamás recordaré aquella calle de Canterbury en un día de mercado, sin verle a él caminando a nuestro lado, con los andares resueltos de alguien que sólo estuviera de paso en Inglaterra, contemplando a las reses que pasaban con el ojo de un granjero australiano!



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