David Copperfield

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Dora nos sonríe, y está muy hermosa, y jamás profiere una palabra de impaciencia o una queja. Dice que somos muy buenos con ella; y que sabe que su atento y querido muchacho trabaja demasiado, y que mi tía apenas duerme, y está siempre ahí, vigilante, activa y cariñosa. Algunas veces, las pequeñas damas que tanto se asemejan a dos pájaros vienen a verla; y entonces hablamos del día de nuestra boda y de aquellos felices tiempos.

¡Qué paz y qué quietud tan extrañas parecen reinar en mi vida –en toda mi vida, tanto exterior como interior– cuando me siento en el tranquilo y ordenado dormitorio, sumido en la penumbra, con los ojos azules de mi mujer–niña vueltos hacia mí y sus deditos enroscados en mi mano! Paso horas y horas allí; pero, de todos esos momentos, tres han quedado grabados con más viveza en mi memoria.

Es por la mañana; Dora, recién acicalada por las manos de mi tía, me muestra cómo sus hermosos cabellos se rizan sin remedio sobre la almohada, y lo largos y brillantes que son, y cuánto le gusta llevarlos descuidadamente recogidos bajo la redecilla.

–No es que quiera presumir de ellos, no seas necio –exclama al verme sonreír–; pero siempre decías que te parecían preciosos y, cuando empecé a pensar en ti, me miraba con frecuencia en el espejo y me preguntaba si te gustaría mucho tener un mechón. ¡Y qué tonterías hiciste, Doady, cuando te lo di!


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