David Copperfield

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–Fue el día en que pintabas las flores que yo te había regalado, Dora, el día en que te declaré mi amor.

–¡Ah! Pero yo no quise contarte entonces –dice Dora– todo lo que había llorado contemplando aquel ramo, ¡pues había comprendido que me amabas de veras! Cuando pueda correr como antes, Doady, visitaremos de nuevo esos lugares donde formábamos una pareja tan tonta, ¿te parece bien? Y daremos alguno de nuestros viejos paseos; y no nos olvidaremos de papá.

–Así lo haremos, y pasaremos unos días muy felices. Por eso tienes que curarte en seguida, mi amor.

–¡Lo haré muy pronto! ¡Si supieras cuánto he mejorado!

Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con el mismo rostro vuelto hacia mí. Hemos estado en silencio y ella sonríe. He dejado de subir y de bajar las escaleras con mi ligera carga. Dora descansa todo el día en su lecho.

–¡Doady!

–¡Dora, querida!

–Espero que no te parezca poco razonable lo que voy a pedirte, después de lo que me contaste hace poco sobre la salud del señor Wickfield. Quiero ver a Agnes, Doady. Necesito verla.

–Se lo escribiré, amor mío.

–¿De veras?


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