David Copperfield
David Copperfield ¿Acaso no sé ya que mi mujer-niña pronto me abandonará? Me lo han anunciado; y, al hacerlo, no me han dicho nada que no supiera. Pero estoy muy lejos de aceptar esa verdad. No puedo asimilarla. A lo largo del dÃa, me he retirado muchas veces para llorar a solas. He recordado a Aquel que derramó lágrimas[114] por una separación entre los vivos y los muertos. He meditado sobre esa historia repleta de compasión y de bondad. He tratado de resignarme y de hallar algún consuelo; y tal vez lo haya logrado, aunque sea de un modo imperfecto. Pero hay algo de lo que no consigo convencerme, y es de que irremisiblemente llegará el final. Tengo su mano en la mÃa; su corazón en mi corazón; veo su amor por mÃ, lleno de vida. No puedo sino albergar un pálido rayo de esperanza de que ella sea perdonada.
–Voy a hablar contigo, Doady. Te diré una cosa que, últimamente, he deseado decirte a menudo. No te importará, ¿verdad? –exclama con mirada cariñosa.
–¿Importarme, querida mÃa?
–Porque no sé lo que pensarás, ni lo que habrás pensado algunas veces. Tal vez hayas pensado a menudo lo mismo que yo. Doady, querido, me temo que yo era demasiado joven.
Apoyo mi rostro sobre la almohada, junto a ella, y Dora me mira a los ojos y me habla con gran dulzura. Poco a poco, al escucharla, me doy cuenta, sobrecogido, de que habla de sà misma en pasado.