David Copperfield
David Copperfield 
El viejo compañero de mi mujer-niña
Su pagoda china está junto a la chimenea; y él, tumbado en el interior sobre su lecho de franela, trata de dormir con aire quejumbroso. La luna brilla, alta y clara. Cuando contemplo la noche, las lágrimas resbalan por mis mejillas y mi corazón indisciplinado es castigado duramente… duramente.
Me siento al lado del fuego, pensando con remordimiento en todos esos sentimientos secretos que he alimentado desde mi matrimonio. Pienso en todas las naderÃas entre Dora y yo, y comprendo que es verdad cuando dicen que la vida es una sucesión de pequeñeces. Surgiendo del mar de mis recuerdos, está la imagen de la adorable criatura tal como yo la conocÃ, adornada –por mi amor juvenil y por el suyo– de todos los encantos en que es generoso un amor semejante. ¿HabrÃa sido de veras mejor que nos hubiéramos querido como dos niños, y después nos hubiésemos olvidado? ¡Contesta, corazón indisciplinado!
El tiempo pasa, no sé cómo, hasta que me hace volver en mà el viejo compañero de mi mujer-niña. Cada vez más agitado, se arrastra fuera de su pequeña casa, me mira, se acerca a la puerta y gimotea para que le deje subir.
–¡Esta noche no, Jip! ¡Esta noche no!