David Copperfield
David Copperfield Vuelve lentamente a mi lado, me lame la mano y levanta hacia mà sus ojos vidriosos.
–¡Oh, Jip! ¡Quizá no subas nunca más!
Se acuesta a mis pies, se extiende como si fuera a dormir y, con un grito lastimero, abandona este mundo.
–¡Oh, Agnes! ¡Mira, mira!
¡Aquel rostro lleno de piedad y de dolor, aquel torrente de lágrimas, aquel llamamiento mudo y terrible dirigido a mÃ, aquella mano solemne levantada hacia el Cielo!
–¿Agnes?
Todo ha terminado. No veo más que oscuridad; y, durante algún tiempo, todas las cosas se borran de mi memoria.