David Copperfield
David Copperfield Y fue entonces cuando empecé a pensar que mi vieja asociación entre Agnes y las vidrieras de una iglesia había sido una visión profética de lo que ella significaría para mí el día en que se abatiera sobre mí esa desgracia. En medio de aquel dolor, desde el momento inolvidable en que ella apareció ante mí alzando la mano, fue una presencia celestial en mi casa solitaria. Cuando llegó el Ángel de la Muerte, mi mujer-niña se quedó dormida (me lo contaron cuando tuve fuerzas para escucharlo) sobre el pecho de Agnes con una sonrisa en los labios. Al volver en mí, recuerdo sus lágrimas compasivas, sus palabras de paz y de esperanza, y su dulce rostro –que parecía evocar un mundo más puro y más cercano al Cielo– inclinado sobre mi corazón indisciplinado, mitigando su pena.
Pero será mejor que prosiga mi relato.
Yo debía marcharme al extranjero. Al parecer, era algo que habíamos decidido desde el primer momento. Ahora que la tierra cubría los restos perecederos de mi difunta esposa, sólo esperaba a lo que el señor Micawber llamaba «la pulverización final de Heep» y a la partida de los emigrantes.