David Copperfield

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A petición de Traddles, el amigo más devoto y cariñoso en mi desventura, regresamos a Canterbury; me refiero a mi tía, Agnes y yo. Tal como nos habían indicado, fuimos directamente a casa del señor Micawber, donde Traddles llevaba trabajando (además de en casa del señor Wickfield) desde nuestra volcánica reunión. Cuando la pobre señora Micawber me vio entrar, vestido de negro, se emocionó vivamente. Su corazón rebosaba buenos sentimientos, que habían permanecido incólumes todos aquellos años.

–Y bien, señor y señora Micawber –fueron las primeras palabras de mi tía cuando nos sentamos–, se lo ruego, ¿han pensado ya en mi propuesta de emigrar?

–Mi querida señora –contestó el señor Micawber–, creo que la mejor manera de expresar la conclusión a la que la señora Micawber, su humilde servidor y, debo añadir, nuestros hijos hemos llegado, separada y conjuntamente, es tomar prestadas las palabras de un ilustre poeta y responderle que nuestra nave está en la orilla y nuestro barco en la mar.[115]

–Me parece muy razonable –dijo mi tía–. Auguro toda clase de cosas buenas después de una decisión tan juiciosa.


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