David Copperfield
David Copperfield –Señora, nos hace usted un gran honor –repuso el señor Micawber, y procedió a consultar un memorándum–. En relación con la ayuda pecuniaria que nos permitirá lanzar nuestra frágil canoa al océano de las grandes empresas, he reconsiderado tan importante asunto. Les ruego que acepten mis pagarés –extendidos en papel timbrado, como es natural, con arreglo a los valores impuestos por las diferentes actas parlamentarias relativas a esa clase de obligaciones– a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. Mi propuesta inicial habÃa sido a doce, dieciocho y veinticuatro meses, pero temo que semejante acuerdo no nos deje tiempo suficiente para que pueda… surgir algo. Es posible –prosiguió, mirando por toda la habitación (como si ésta representara varios centenares de acres de tierra muy bien cultivada)– que, al vencimiento del primer pagaré, nuestra cosecha no haya sido buena, o todavÃa no la hayamos recogido. Creo que a veces es difÃcil conseguir mano de obra en ese rincón de nuestras posesiones coloniales donde será nuestro destino luchar con un suelo fecundo.
–Arréglelo a su gusto, señor –exclamó mi tÃa.