David Copperfield
David Copperfield –Me alegro de oÃrle hablar asà –respondió Agnes, muy seria–, pues eso me da la esperanza, y casi la seguridad, de que pensamos del mismo modo. Mi querido señor Traddles y mi querido Trotwood, ver a papá libre y con honor, ¿qué más puedo desear? Siempre ambicioné devolverle un poco del amor y de los cuidados que le debo, y consagrarle mi vida, si algún dÃa conseguÃa liberarlo de las obligaciones que tanto le pesaban. Ésa ha sido durante años la mayor de mis esperanzas. Y, después de liberarle de todas sus responsabilidades y compromisos, mi mayor felicidad será hacerme cargo de nuestro porvenir.
–¿Has pensado cómo, Agnes?
–¡A menudo! No tengo miedo, Trotwood. Estoy segura de mi éxito. En esta ciudad hay tantas personas que me conocen y me quieren que no me cabe la menor duda. ConfÃa en mÃ. Nuestras necesidades no son grandes. Si alquilo nuestra vieja y querida casa, y abro un colegio, me sentiré útil y muy feliz.
El sereno fervor de su alegre voz trajo a mi memoria con tanta viveza, primero la vieja y querida casa, y luego mi hogar solitario, que la emoción me impidió hablar. Durante unos momentos, Traddles fingió estar muy ocupado hojeando los documentos.
–Y ahora, señorita Trotwood –continuó Traddles–, hablemos de su capital.