David Copperfield
David Copperfield –¡Gracias a Dios! –exclamó Agnes con fervor.
–Pero –añadió Traddles– la cantidad que le quedarÃa para vivir (y al decir esto, imagino que la casa tendrÃa que venderse) serÃa tan pequeña que, con toda probabilidad, no sobrepasarÃa algunos cientos de libras; por ese motivo, tal vez serÃa mejor, señorita Wickfield, que siguiera administrando los bienes que le confiaron en el pasado. Sus amigos podrÃan aconsejarle, sabe; ahora es un hombre libre. Usted misma, señorita Wickfield… o Copperfield… o yo.
–He reflexionado sobre eso, Trotwood –dijo Agnes, mirándome–, y me parece que es algo que no conviene ni puede hacerse; aunque nos lo aconseje un amigo al que estoy tan agradecida y debo tanto.
–No digo que lo aconseje –puntualizó Traddles–. Me parece justo sugerirlo. Nada más.