David Copperfield
David Copperfield –Muy bien, señor –suspiró mi tÃa–. Lo único que tengo que decir es que, si ha desaparecido, podré soportarlo; y, si ocurre lo contrario, me alegraré mucho de recuperarlo.
–Creo que al principio habÃa ocho mil libras en bonos del Estado, ¿no es asÃ? –inquirió Traddles.
–¡Exactamente! –replicó mi tÃa.
–No he logrado encontrar más de cinco –exclamó Traddles con aire perplejo.
–¿Cinco mil o cinco libras? ¿Qué quiere decir usted? –pregunto mi tÃa con un aplomo asombroso.
–Cinco mil libras –contestó Traddles.
–Es todo cuanto tenÃa –señaló mi tÃa–. El resto lo vendà yo. Pagué mil libras por tu contrato de aprendizaje, Trot, querido; las otras dos mil están en mi poder. Cuando perdà todo lo demás, juzgué prudente no decir nada sobre esta cantidad y guardarla en secreto por si llegaban malos tiempos. QuerÃa ver cómo te enfrentabas a la adversidad, Trot; y lo hiciste noblemente… perseverante, abnegado, seguro de ti mismo. Al igual que Dick. Será mejor que nadie me hable, ¡tengo los nervios un poco alterados!
Nadie lo hubiera creÃdo viéndola allà sentada, tan erguida y con los brazos cruzados; pero sin duda tenÃa un asombroso dominio de sà misma.