David Copperfield
David Copperfield –Nada –dijo mi tÃa–. Se lo agradezco muchÃsimo. Trot, querido, ¡no es más que una vana amenaza! Llamemos al señor y a la señora Micawber. ¡Y que nadie me dirija la palabra!
Después de esas palabras, se alisó el vestido y continuó sentada, muy erguida, con los ojos clavados en la puerta.
–¡Y bien, señor y señora Micawber! –exclamó mi tÃa cuando entraron–. Hemos hablado de su emigración; sentimos haberles hecho esperar tanto. Les contaré lo que hemos decidido.