David Copperfield
David Copperfield Encargué rápidamente la cena y volví al astillero. Llegué justo a tiempo, ya que el dueño, con una linterna en la mano, estaba cerrando la puerta. Se echó a reír cuando oyó mi pregunta, y respondió que no me preocupara, que ningún hombre en su sano juicio, o que estuviera trastornado, se embarcaría con un temporal como aquél, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para ser marinero.
Lo sabía de antemano, y por eso me había avergonzado llevar a cabo algo que, sin embargo, me sentía obligado a hacer. Regresé a la posada. Si un viento como aquél podía arreciar, creo que estaba arreciando. Sus rugidos y bramidos, el traqueteo de puertas y ventanas, el ulular de las chimeneas, el movimiento de la casa que me servía de refugio, y el tumulto prodigioso de la mar eran todavía más aterradores que por la mañana. Además, ahora reinaba una profunda oscuridad, que añadía a la tormenta nuevos horrores, reales y ficticios.
No podía comer, no podía quedarme quieto, no podía concentrar mi atención en nada. Algo dentro de mí, respondiendo débilmente a la tormenta exterior, agitaba las profundidades de mi memoria, y la sumía en la confusión. Y, a pesar del torbellino de mis pensamientos, que corrían enloquecidos al compás del mar ensordecedor, la tormenta y mi inquietud por Ham se hallaban siempre en primer término.