David Copperfield
David Copperfield Durante horas estuve allí, escuchando el viento y el agua; tan pronto imaginaba oír gritos en el mar, como los cañonazos de alarma o el derrumbamiento de algunas casas de la ciudad. Me levanté varias veces a mirar por la ventana; pero lo único que veía era el reflejo en los cristales de la pequeña vela que había dejado encendida y de mi semblante ojeroso, que me contemplaba desde el oscuro vacío.
Al final, mi agitación alcanzó tal paroxismo que me vestí presuroso y bajé corriendo las escaleras. En la enorme cocina, donde pude entrever ristras de cebollas y tocinos colgando de las vigas, los criados de guardia se habían agrupado, en las actitudes más variadas, alrededor de una mesa que, de modo expreso, habían alejado de la gran chimenea y habían acercado a la puerta. Una bonita joven, que tenía los oídos tapados con su delantal y los ojos clavados en la puerta, lanzó un grito cuando aparecí, creyendo que era un fantasma; pero sus compañeros mostraron mayor presencia de ánimo y se alegraron de que alguien más los acompañara. Un hombre, volviendo al asunto que habían estado discutiendo, me preguntó si pensaba que las almas de los tripulantes de los carboneros hundidos vagaban por la playa, en medio del temporal.