David Copperfield
David Copperfield Debí de estar con ellos un par horas. En una ocasión, abrí el portón del patio y contemplé la calle desierta. La arena, las algas y los copos de espuma volaban por doquier; y tuve que pedir ayuda para cerrar de nuevo el portón, e impedir que el viento lo abriera.
Cuando regresé a mi cuarto solitario, reinaba en él una lúgubre oscuridad; pero para entonces estaba agotado y, al meterme de nuevo en la cama, caí (desde lo alto de una torre hasta el fondo de un precipicio) en un profundo sueño. Tengo la impresión de que durante mucho tiempo, a pesar de que soñaba estar en otro lugar y ver escenas muy diferentes, el viento seguía silbando en mi cabeza. Finalmente, perdí ese último contacto con la realidad y, en compañía de dos amigos muy queridos, que no sé quiénes eran, me encontré asediando una ciudad en medio de un intenso cañoneo.
El retumbar de los cañones era tan violento y continuo que no pude oír algo que me hubiera gustado mucho escuchar, hasta que, con gran esfuerzo, me desperté. Era de día… las ocho o las nueve de la mañana; la tempestad rugía, en el lugar de las baterías; y alguien me llamaba y golpeaba la puerta.
–¿Qué ocurre? –exclamé.
–¡Un naufragio! ¡Muy cerca!
Salté de mi cama y pregunté de qué barco se trataba.