David Copperfield
David Copperfield Frente a semejante espectáculo, y frente a la determinación de aquel hombre, no sólo serenamente dispuesto a arriesgarlo todo sino también acostumbrado a dirigir a la mitad de los presentes, mis súplicas resultaron tan inútiles como si se las hubiera dirigido al viento.
–Señorito Davy –dijo alegremente, cogiéndome las manos–, si ha llegado mi hora, no hay nada que podamos hacer. Y si no ha llegado, seguiré esperándola. ¡Que Dios le bendiga y nos bendiga a todos! ¡Compañeros, preparadme! ¡Voy a meterme en el agua!
Fui apartado, aunque sin violencia, a cierta distancia, donde la gente que me rodeaba me detuvo, insistiendo, según oà confusamente, en que Ham estaba decidido a ir, con ayuda o sin ella, y que yo pondrÃa en peligro las precauciones que estaban tomando para su seguridad si molestaba a los hombres que se encargaban de ello. No sé lo que les dije ni lo que me contestaron; pero vi mucho movimiento en la playa, y hombres que corrÃan con los cabos de un cabestrante que habÃa cerca, y entraban en un corro de siluetas que me impidieron seguir viendo a Ham. Luego lo vi solo, con su jersey y su pantalón marinero; con un cabo en la mano, o atado a la muñeca, y otro alrededor del cuerpo; varios hombres, de los mejores, agarraban este último por un extremo, a escasa distancia, mientras él lo dejaba sin tensar en la arena.