David Copperfield

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Era evidente, incluso para un ojo tan poco experimentado como el mío, que la goleta se estaba rompiendo. Vi que se estaba partiendo por la mitad y que la vida del hombre solitario que había en el mástil pendía de un hilo. Pero seguía aferrado a él. Llevaba en la cabeza un extraño gorro rojo, diferente del de los marineros, de un color más claro; y, mientras las pocas tablas que quedaban entre él y la destrucción se tambaleaban y combaban, y sonaba con antelación el toque de difuntos, todos le vimos agitarlo. Y, al contemplar su gesto, creí enloquecer, pues el recuerdo de un amigo, antaño muy querido, acudió a mi memoria.

Ham observó el mar, solo, con el aliento en suspenso a sus espaldas y la tempestad ante él, hasta que una ola enorme se retiró; entonces, con una mirada a los que sujetaban el cabo amarrado a su cuerpo, se lanzó tras ella. En un instante, se encontró luchando con el agua, elevándose con las montañas, cayendo con los valles, perdido bajo la espuma, y arrastrado de nuevo hacia la orilla. Sus compañeros halaron rápidamente de él.

Se hallaba herido. Desde donde yo estaba, distinguí sangre en su rostro; pero él hizo caso omiso. Pareció dar apresuradamente algunas instrucciones para que los hombres le dejaran más libre –o eso creí comprender por el movimiento de su brazo– y volvió a lanzarse al agua.


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