David Copperfield
David Copperfield –Señor –exclamó, mientras las lágrimas corrÃan por su curtido rostro, que, al igual que sus labios temblorosos, habÃa adquirido una palidez cenicienta–, ¿quiere acompañarme?
El viejo recuerdo que habÃa acudido a mi memoria se reflejaba en su mirada. Le pregunté, aterrorizado, apoyándome en el brazo que él me ofrecÃa:
–¿Ha arrojado el mar algún cuerpo a la orilla?
–SÃ.
–¿Lo conozco?
No respondió.
Pero me llevó a la orilla. Y en el lugar dónde Emily y yo habÃamos buscado conchas, de niños… en el lugar en que unos pequeños fragmentos de la vieja goleta, destrozada por el temporal de la noche anterior, habÃan sido esparcidos por el viento… entre las ruinas del hogar que él habÃa agraviado… lo vi tendido, con la cabeza apoyada en el brazo, como lo habÃa visto dormir tantas veces en el internado.