David Copperfield
David Copperfield Nos dirigimos al pueblo, y depositamos nuestra carga en la posada. Cuando logré serenarme un poco, envié a buscar a Joram, y le pedí que me proporcionara un carruaje para llevarlo a Londres aquella misma noche. Sabía que era un deber que sólo me incumbía a mí, del mismo modo que preparar a su madre para tan dolorosa noticia; y lo cierto es que deseaba cumplir con mi obligación con la mayor lealtad posible.
Elegí viajar de noche, a fin de que nuestra salida de Yarmouth despertara menos curiosidad. Sin embargo, a pesar de que era casi medianoche cuando el carruaje abandonó el patio del mesón, había mucha gente esperándonos. De vez en cuando, al atravesar la ciudad, e incluso a cierta distancia por la carretera, descubrí otros grupos que nos observaban; pero no tardé en encontrarme sin más compañía que la noche desolada, el campo abierto y las cenizas de mi amigo de la infancia.
Llegué a Highgate una suave mañana de otoño, a eso del mediodía, cuando algunas hojas muertas perfumaban el suelo, mientras otras más numerosas, de hermosas tonalidades amarillas, rojas y pardas, colgaban aún de los árboles, entre los que brillaba el sol. Recorrí a pie la última milla, reflexionando sobre lo que tenía que hacer; y dejé el carruaje que me había seguido toda la noche, esperando mis órdenes para reanudar la marcha.