David Copperfield

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La casa no había cambiado. Ni una sola persiana estaba levantada; no se advertía el menor signo de vida en el sombrío patio empedrado, el del camino cubierto que conducía hasta la entrada. El viento había caído y no se movía nada.

Al principio me faltó valor para tocar la campanilla de la verja y, cuando me decidí, tuve la sensación de que su son hablaba por mí. Salió la joven doncella con la llave en la mano y, mientras abría, me miró con inquietud.

–Perdone, señor –dijo–, ¿se encuentra usted enfermo?

–Estoy muy agitado, y también exhausto.

–¿Ocurre algo, señor? ¿El señorito James…?

–¡Chist! –respondí–. En efecto, ha ocurrido algo que tengo que comunicar a la señora Steerforth. ¿Está en casa?

La joven me contestó con aire preocupado que su señora rara vez salía ahora, ni siquiera en carruaje, que pasaba el tiempo en su habitación, y que no veía a nadie, aunque a mí me recibiría. Su señora estaba levantada –añadió–, y la señorita Dartle se encontraba con ella. ¿Qué mensaje tenía que darles?


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