David Copperfield

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Después de pedirle encarecidamente que no dejase que su rostro la traicionara, y que se limitara a entregarles mi tarjeta y a decirles que aguardaba, me senté en la sala (a la que habíamos llegado) a esperar su regreso. Ésta se había convertido en una estancia inhóspita, y las contraventanas estaban medio cerradas. El arpa no se había tocado en mucho tiempo. El retrato de Steerforth, niño, seguía colgado en la pared. El pequeño mueble donde su madre guardaba sus cartas continuaba allí; y me pregunté si alguna vez las leería ahora, ¡o si jamás volvería a hacerlo!

La casa estaba tan silenciosa que oí las ligeras pisadas de la doncella en el piso superior. Cuando regresó, traía el encargo de decirme que la señora Steerforth se hallaba indispuesta y no podía bajar; pero que, si yo no tenía inconveniente, estaría encantada de recibirme en su habitación. Unos minutos más tarde, estaba frente a ella.

Se encontraba en el cuarto de Steerforth, no en el suyo. Comprendí que el recuerdo de su hijo la había empujado a instalarse allí; y que, por ese motivo, había conservado a su alrededor, tal como él los había dejado, los numerosos trofeos de su vida escolar y deportiva. Murmuró, sin embargo, al recibirme, que había abandonado su antigua habitación porque ésta no era cómoda para una enferma; y con su mirada altiva rechazó la más ligera sospecha de la verdad.


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