David Copperfield

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Rosa Dartle se hallaba, como siempre, a su lado. Desde que sus ojos negros se posaron en mí, supe que había adivinado que era portador de malas noticias. La cicatriz se volvió visible al instante. Retrocedió un paso para situarse detrás del sillón, a fin de que la señora Steerforth no pudiera ver su rostro; y me observó con una mirada penetrante que no flaqueó ni se desvió jamás.

–Lamento ver que está de luto, señor –dijo la señora Steerforth.

–He tenido la desgracia de perder a mi mujer –repliqué.

–Es usted muy joven para sufrir una pérdida tan grande –señaló–. Lo siento, lo siento muchísimo. Espero que el Tiempo le sirva de consuelo.

–Y yo espero que el Tiempo –agregué, mirándola– nos sirva de consuelo a todos. Querida señora Steerforth, es algo en lo que debemos confiar, incluso en nuestras peores desgracias.

La gravedad de mis palabras y las lágrimas que asomaban a mis ojos la alarmaron. El curso entero de sus pensamientos pareció detenerse y cambiar.

Intenté dominar mi voz al pronunciar dulcemente su nombre, pero ésta tembló. Ella se lo repitió a sí misma dos o tres veces, en voz baja. Después, dirigiéndose a mí, exclamó con calma forzada:

–Mi hijo está enfermo.


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