David Copperfield
David Copperfield –Muy enfermo.
–¿Lo ha visto?
–SÃ.

Soy portador de malas noticias
–¿Se han reconciliado?
No podÃa contestar sà ni contestar no. Se volvió ligeramente hacia el lugar que antes ocupaba la señorita Dartle, a su lado, y yo aproveché ese momento para decirle a Rosa moviendo los labios: «¡Muerto!».
Para evitar que la señora Steerforth se diera la vuelta y leyera claramente escrito en el semblante de Rosa lo que todavÃa no estaba preparada para conocer, me apresuré a sostener su mirada; pero habÃa tenido tiempo de ver cómo la señorita Dartle alzaba las manos, presa de la desesperación y del horror, y se cubrÃa con ellas el rostro.
La hermosa dama –tan parecida, ¡oh, tan parecida a él!– clavó sus ojos en mà y se llevó la mano a la frente. Le imploré que tuviera entereza, y que se preparase para soportar la noticia que debÃa darle; pero habrÃa hecho mejor en suplicarle que llorase, pues siguió sentada como una estatua de piedra.