David Copperfield

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–La última vez que estuve aquí –titubeé–, la señorita Dartle me dijo que Steerforth se hallaba navegando. Anteayer por la noche se desató en el mar una terrible tormenta. Si estaba embarcado y cerca de una costa peligrosa, como afirman algunos; y si la goleta que se vio era realmente el barco en que…

–¡Rosa! –exclamó la señora Steerforth–. ¡Acércate a mí!

Ella obedeció, pero sin mostrar la menor compasión o ternura. Contempló a la madre con unos ojos que despedían fuego y soltó una horrible carcajada.

–Y ahora, mujer lunática –dijo–, ¿está satisfecho su orgullo? Ahora que él ha pagado el mal que le había hecho… ¡con su vida! ¿Me oye? ¡Con su vida!

La señora Steerforth, tan erguida como siempre, se recostó en el respaldo del sillón y, con un gemido, clavó en Rosa sus ojos desorbitados.

–¡Sí! –gritó la señorita Dartle, golpeándose violentamente en el pecho–. ¡Míreme! ¡Laméntese, gima, y míreme! ¡Mire esto! –exclamó, señalando la cicatriz–. ¡La obra de su hijo muerto!


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