David Copperfield

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Los gemidos que de vez en cuando profería la madre me llegaban al corazón. Eran siempre iguales: ahogados e inarticulados. E iban acompañados de un movimiento de impotencia de la cabeza, pero sin que su semblante experimentara el menor cambio. Salían de su boca cerrada y de sus dientes apretados, como si las mandíbulas se le hubieran paralizado y tuviese la cara petrificada por el dolor.

–¿Se acuerda del día en que me hizo esto? –prosiguió Rosa–. ¿Se acuerda del día en que, empujado por ese orgullo y esa violencia que había heredado de usted y que usted se encargó de cultivar, me desfiguró para toda la vida? ¡Míreme, marcada hasta la muerte por su ira! ¡Y gima y llore porque usted le convirtió en lo que era!

–Señorita Dartle –le supliqué–, por el amor de Dios…

–¡Quiero hablar! –dijo, volviéndose hacia mí con sus ojos febriles–. ¡Cállese usted! ¡Le repito que me mire, madre orgullosa de un hijo orgulloso e hipócrita! ¡Llore por el modo en que lo ha educado! ¡Llore porque lo ha corrompido! ¡Llore porque usted lo ha perdido… y también lo he perdido yo!

Cerró la mano, y todo su cuerpo enjuto y consumido se estremeció, como si su cólera estuviera matándola poco a poco.


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