David Copperfield
David Copperfield –¡USTED, ofendida por su terquedad! –exclamó–. ¡USTED, dolida por su arrogancia! ¡USTED, que sólo cuando sus cabellos habÃan encanecido se enfrentó a ambas con la misma terquedad y arrogancia que usted le habÃa transmitido! ¡USTED, que desde la cuna le enseñó a ser lo que fue, y que impidió que llegara a ser lo que debiera haber sido! ¿Se siente recompensada ahora por todos sus desvelos?
–¡Oh, señorita Dartle! ¡Qué vergüenza! ¡Qué crueldad!
–Le he dicho ya –me respondió– que quiero hablar con ella. ¡Nada podrá impedÃrmelo mientras siga aquÃ! ¿Acaso no he guardado silencio todos estos años? ¿Por qué no he de hablar ahora? ¡Yo le amaba mucho más de lo que nunca le amó usted! –gritó, volviéndose con furia hacia la señora Steerforth–. PodrÃa haberlo amado, sin pedirle nada a cambio. Si hubiera sido su esposa, me habrÃa convertido en la esclava de sus caprichos por una palabra de amor, aunque fuera una vez al año. Y tendrÃa que haberlo sido. ¿Quién puede saberlo mejor que yo? Usted era exigente, altanera, puntillosa, egoÃsta. Mi amor habrÃa sido fiel… ¡y habrÃa pisoteado sus mezquinos lloriqueos!
Con los ojos centelleantes, dio una patada en el suelo como si realmente los estuviera pisoteando.