David Copperfield
David Copperfield La parte de la casa que ocupaba el señor Creakle era mucho más confortable que la nuestra; tenÃa un pequeño y bonito jardÃn que parecÃa un vergel al lado del polvoriento patio de recreo, un verdadero desierto en miniatura, donde sólo un camello o un dromedario podrÃan haberse sentido como en casa. Mientras me dirigÃa, tembloroso, a su presencia, consideraba una temeridad incluso fijarme en el aspecto acogedor del pasillo. Me sentÃa tan avergonzado que, cuando entré en la sala, apenas vi a la señora y a la señorita Creakle (que también se encontraban allÃ): sólo tuve ojos para el señor Creakle, un caballero corpulento con muchos anillos y cadenas de reloj, sentado en un sillón, con un vaso y una botella a su lado.
–¡Ah! –exclamó el señor Creakle–. ¡He aquà al joven caballero al que tendremos que limar los dientes! Vamos, dele media vuelta.