David Copperfield
David Copperfield El hombre de la pata de palo me obligó a ponerme de espaldas, a fin de que el cartel quedase a la vista; y, después de esperar suficiente tiempo para que pudiera leerlo con tranquilidad, me hizo girar hasta quedar de nuevo frente al señor Creakle, y se colocó junto a él. El rostro del señor Creakle tenÃa una expresión feroz, con ojos pequeños y hundidos, venas abultadas que cruzaban su frente, nariz diminuta y enorme barbilla. Estaba prácticamente calvo; y se peinaba hacia arriba los escasos cabellos entrecanos que le quedaban en las sienes, de aspecto frágil y húmedo, a fin de juntarlos en la parte delantera de su cabeza. Pero lo que más me impresionó de su presencia fÃsica fue que no tenÃa voz y hablaba en una especie de susurro. El esfuerzo que esto le costaba, o la conciencia de expresarse en aquel tono, aumentaba la irritación de su ya irritado rostro e hinchaba aún más las gruesas venas de su frente, mientras hablaba, hasta tal punto que, cuando ahora lo veo, no me sorprende que aquella peculiaridad fuese la que llamara más poderosamente mi atención.
–Veamos –dijo el señor Creakle–. ¿Tiene algo que decirme de este muchacho?
–Nada malo, de momento –respondió el hombre de la pata de palo–. TodavÃa no ha tenido oportunidad.