David Copperfield
David Copperfield El señor Micawber la escuchaba desde su sillón, con las cejas arqueadas, medio aprobando y medio rechazando las opiniones de su mujer a medida que ésta las exponÃa, aunque muy consciente de su clarividencia.
–Mi querido señor Copperfield –exclamó la señora Micawber–, me gustarÃa que el señor Micawber fuera consciente de su posición. Me parece sumamente importante que, desde el momento de embarcarse, el señor Micawber sea consciente de su posición. Después de tantos años de amistad, mi querido señor Copperfield, sabrá usted que mi naturaleza no es tan optimista como la de mi marido. Mi naturaleza es, si se me permite la expresión, eminentemente práctica. Sé que vamos a emprender un largo viaje, que irá acompañado de numerosas privaciones e incomodidades. No puedo cerrar los ojos a esas realidades. Pero también sé lo que vale el señor Micawber. Conozco las facultades latentes del señor Micawber. Y, por ese motivo, considero de vital importancia que el señor Micawber sea consciente de su posición.
–Mi amor –dijo él–, tal vez me permitas señalar que, en estos momentos, es bastante probable que sea consciente de mi posición.