David Copperfield

David Copperfield

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–No creo, Micawber –respondió ella–. No por completo. Mi querido señor Copperfield, el caso del señor Micawber no es nada corriente. El señor Micawber se dispone a viajar a un lejano país con el único fin de ser comprendido y apreciado por primera vez en su vida. Desearía que el señor Micawber se situara en la proa del barco y gritase: «¡He venido a conquistar este país! ¿Tiene honores? ¿Tiene riquezas? ¿Tiene puestos bien retribuidos? ¡Que me los den! ¡Son míos!».

El señor Micawber nos miró a todos, como si le pareciera una buena idea.

–Desearía que el señor Micawber, si es que consigo expresarlo con palabras –dijo la señora Micawber, con su lógica habitual–, fuera el César de su propia fortuna. Ésa es, mi querido señor Copperfield, la que considero su verdadera posición. Y, desde el momento en que iniciemos la travesía, desearía que el señor Micawber se situara en la proa del barco y gritara: «¡Basta de demoras! ¡Basta de desilusiones! ¡Basta de penurias económicas! ¡Eso fue en mi vieja patria y ésta es la nueva! ¡Ha llegado la hora de las reparaciones! ¡Que me las ofrezcan!».

El señor Micawber cruzó los brazos con aire decidido, como si ya estuviera sobre el mascarón de proa.


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