David Copperfield
David Copperfield –¡Somos todo lo dichosos que se puede ser! –señaló Traddles–. Incluso las niñas son dichosas. ¡Válgame Dios! ¡Me he olvidado de ellas!
–¿Olvidado? –inquirÃ.
–SÃ, de las niñas –dijo Traddles–. De las hermanas de Sophy. Están pasando unos dÃas con nosotros. Han venido a dar una vuelta a Londres. El hecho es que… ¿has sido tú el que ha tropezado en las escaleras, Copperfield?
–En efecto –contesté, riendo.
–Pues bien, cuando te has caÃdo, yo estaba corriendo con las niñas. En realidad, jugábamos a las cuatro esquinas. Pero como semejante espectáculo no era nada apropiado para Westminster Hall,[122] y habrÃa sido muy poco profesional que las viera un cliente, desaparecieron. Y estoy seguro de que ahora… nos están escuchando –concluyó Traddles, lanzando una mirada a la otra puerta.
–Lamento haber sido el causante de semejante desbandada –afirmé, echándome a reÃr de nuevo.
–Si las hubieras visto huir a toda velocidad, y volver otra vez, después de que tú llamaras, para coger las peinetas que se les habÃan caÃdo del pelo, y volver a marcharse corriendo como locas, no dirÃas eso –repuso Traddles, encantado.
Sophy salió con paso ligero y oÃmos la cascada de risas con que era recibida en el cuarto contiguo.