David Copperfield
David Copperfield –Gracias, mi querido Copperfield –repuso Traddles, mientras nos estrechábamos nuevamente la mano–. SÃ, es imposible ser más feliz. Ahà está tu vieja amiga, mira –añadió, señalando con aire triunfal la maceta de flores con el soporte–; ¡y allà la mesita con la encimera de mármol! El resto de nuestro mobiliario es sencillo y práctico, como puedes ver. En cuanto a vajillas y cuberterÃas de plata, ni siquiera tenemos una cucharilla de té.
–Habrá que ganarlo todo a pulso –exclamé alegremente.
–En efecto –replicó Traddles–, habrá que ganarlo todo a pulso. Naturalmente, tenemos unos utensilios en forma de cucharilla, porque nos gusta revolver nuestro té. Pero son de metal de Britania.
–La plata brillará más cuando haga su aparición –dije.
–¡Exactamente lo mismo que decimos nosotros! –gritó Traddles–. Verás, mi querido Copperfield –prosiguió, volviendo a su tono confidencial–, después de pronunciar mi alegato en la causa de Jipes contra Wigzell, que fue muy provechosa para mi carrera, me dirigà a Devonshire y tuve una seria conversación, en privado, con el reverendo Horace. Hice hincapié en el hecho de que Sophy… que es, te lo aseguro, Copperfield, la muchacha más adorable del mundo…
–¡Estoy convencido! –respondÃ.