David Copperfield
David Copperfield –¡Por supuesto que lo es! –exclamó Traddles–. Pero me temo que estoy divagando. ¿Te he hablado del reverendo Horace?
–DecÃas que habÃas insistido en el hecho…
–¡Es cierto! En el hecho de que Sophy y yo llevábamos comprometidos mucho tiempo, y que Sophy, con el permiso de sus padres, estarÃa muy contenta de casarse conmigo… en pocas palabras –dijo Traddles, con su vieja y franca sonrisa–, en nuestra actual situación de metal de Britania. Muy bien. Entonces le planteé al reverendo Horace (que es un excelente pastor, Copperfield, y deberÃa ser obispo; o al menos ganar lo suficiente para no pasar estrecheces) que, si conseguÃa ahorrar doscientas cincuenta libras en un año, y tenÃa la certeza de ganar esa cantidad o un poco más al año siguiente, y además lograba amueblar sencillamente un lugar como éste, en ese caso, Sophy y yo querrÃamos celebrar nuestra boda. Me tomé la libertad de recordarle que los dos habÃamos esperado pacientemente muchos años; y que el hecho de que Sophy fuera tan útil en casa no deberÃa empujar a sus queridos padres a oponerse a su casamiento. ¿No crees?
–Desde luego –contesté.