David Copperfield

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–Bueno, señor –replicó el señor Chillip–, un médico, por el hecho de pasar tanto tiempo con las familias, no debe tener ojos ni oídos para nada que no sea su profesión. Pero he de reconocer que los dos son demasiado severos, señor; tanto para las cosas de este mundo como para las del otro.

–Supongo que en el otro se las arreglarán sin su ayuda –afirmé–; pero en éste, ¿a qué se dedican?

El señor Chillip movió la cabeza, removió el jerez y dio un sorbito.

–¡Era una dama encantadora! –dijo en tono lastimero.

–¿La actual señora Murdstone?

–Sí, una dama realmente encantadora –repitió el señor Chillip–; el súmmum de la amabilidad. La señora Chillip opina que su espíritu empezó a quebrarse el día que contrajo matrimonio, y que ha enloquecido de tristeza. Y las mujeres, señor –añadió el señor Chillip–, son muy observadoras.

–Supongo que tenían que aplastarla y romperla hasta que encajara en su odioso molde, ¡que el Cielo la ayude! –exclamé–. Y lo han logrado.


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