David Copperfield
David Copperfield –Al principio tuvieron virulentas disputas, se lo aseguro –dijo el señor Chillip–; pero ella no es ahora ni la sombra de lo que fue. Espero que no le parezca un atrevimiento si le cuento, confidencialmente, que, desde que la señorita Murdstone se instaló en su casa para ayudarla, los dos hermanos la han reducido casi a un estado de imbecilidad.
Le contesté que no me era difÃcil creerlo.
–Puedo afirmar, sin temor a equivocarme –afirmó el señor Chillip, cobrando ánimos con un nuevo sorbito de jerez–, entre usted y yo, que la madre de ella murió del disgusto, y que la tiranÃa, la tristeza y la inquietud han hecho perder el juicio a la señora Murdstone. Era una joven muy alegre antes de casarse, pero su pesimismo y su austeridad la destruyeron. Cuando salen con ella, no parecen su marido y su cuñada sino unos guardianes. Eso me comentó la señora Chillip la semana pasada. Y le aseguro, señor, que las mujeres son muy observadoras. ¡La señora Chillip es una gran observadora!
–El siniestro señor Murdstone, ¿sigue presumiendo de ser una persona (y me avergüenza emplear esta palabra en su caso) religiosa? –inquirÃ.