David Copperfield
David Copperfield –Se ha adelantado usted, señor –exclamó con los párpados cada vez más enrojecidos, debido al inusitado estÃmulo que se estaba permitiendo tomar–, a una de las observaciones más impresionantes de la señora Chillip. No pude sino quedarme estupefacto –prosiguió, con la mayor lentitud y placidez– cuando ella me contó que el señor Murdstone llama a su propia imagen la Naturaleza Divina. Al oÃrselo decir, habrÃa bastado rozarme con una pluma para tirarme al suelo. Las mujeres son muy observadoras, ¿no cree?
–E intuitivas –señalé, para su gran satisfacción.
–Me alegro mucho de que mi opinión cuente con un respaldo como el suyo –manifestó–. No es muy frecuente que yo me aventure a dar una opinión que no sea médica, se lo aseguro. El señor Murdstone pronuncia sermones en público de vez en cuando, y dicen… en una palabra, señor, dice la señora Chillip… que cuanto más sombrÃo y tirano se vuelve, más feroz es su doctrina.
–Pienso que la señora Chillip tiene toda la razón –exclamé.